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De la brecha digital a la supervivencia De la brecha digital a la supervivencia
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Ha pasado tan solo un año desde que se aprobase la polémica Directiva 2019/790 sobre derecho de autor; parece una eternidad, porque la crisis del COVID 19 lo ha cambiado absolutamente todo, también -y especialmente- la industria de la música. Recordemos que la principal y más polémica novedad que introducía esta reforma era la ampliación de sistema de responsabilidades de los prestadores de servicios para compartir contenidos en línea, para hacerlos responsables de las explotaciones que se producen en el seno de sus plataformas de contenidos protegidos por el derecho de autor. La citada normativa europea también consolidaba el derecho de autores, artistas e intérpretes a obtener una remuneración adecuada y proporcionada por la explotación y licenciamiento de sus contenidos protegidos.

A estas alturas, pocos discutirán que los efectos del COVID 19 en la industria musical están siendo devastadores. El sector de la música en vivo ha sido quizás es el más castigado, no solo los grandes festivales, sino también el tejido de pequeños clubs, locales y salas de conciertos; las ventas físicas han disminuido dramáticamente; los ingresos derivados de la comunicación pública (música de fondo en bares, restaurantes, hoteles, etc.) ha decaído de forma drástica; las inversiones publicitarias en radio y televisión anticipan también una bajada de ingresos por los derechos de radiodifusión; y así podríamos seguir.

Sin despreciar la afectación de sellos discográficos, editores musicales, managers y promotores, al final de esta cadena de transmisión está el eslabón más débil:  autores, compositores, artistas y ejecutantes de a pie, a menudo constituidos como autónomos o pymes. En este contexto desalentador, el único ámbito que se está manteniendo a flote a nivel de actividad e ingresos es el digital, principalmente plataformas de streaming de música y V.O.D., si bien se adaptándose con vaivenes a los nuevos patrones de conducta del usuario en un contexto de confinamiento. Por lo tanto, es previsible que en el futuro más inmediato los ingresos derivados de la explotación digital sea la principal fuente de ingresos de sellos, editores, autores y artistas. 

Precisamente por ello, éste es precisamente el momento de reivindicar la nueva regulación europea, con mayor énfasis y entusiasmo si cabe, para exigir a las plataformas que den un paso adelante en la remuneración a la comunidad creativa.  Las consecuencias de la brecha de valor –“value gap”- que en su día justificaron la aprobación de la nueva normativa europea siguen vigentes y, de hecho, se han hecho especialmente patentes en estos días de confinamiento: sigue faltando una justa y sana correlación entre el beneficio económico que las plataformas obtienen de los contenidos protegidos y las remuneraciones que a cambio obtienen los propietarios de los derechos.

Durante el confinamiento, todos hemos visto a numerosos artistas e intérpretes que admiramos compartiendo contenidos, realizando conciertos y conectando directamente con sus fans a través de las herramientas de emisión en directo de dichas plataformas, en la mayoría de los casos de forma desinteresada y altruista. La pregunta que debemos realizarnos es qué ingresos obtienen las plataformas con la explotación de estos contenidos y qué retorno obtienen en la realidad los creadores de estos.  Quizás anticipando el conflicto, varias plataformas de contenidos han anunciado bolsas de fondos y ayudas dedicados a paliar los efectos de la crisis sanitaria; aunque se trate de un ejercicio loable en cuanto al fondo, lo que necesitan los creadores y artistas no son concesiones unilaterales más o menos generosas, sino -como prescribe la mencionada Directiva- una remuneración adecuada y proporcionada en relación con el valor que se obtiene de la explotación de sus contenidos.

No es posible garantizar una subsistencia de la comunidad creativa sin construir un modelo justo y sostenible, en el que el licenciamiento y la monetización de contenidos se adapte a estas nuevas realidades y refleje la innegable transferencia de valor. Si queremos garantizar su supervivencia, es hora proteger y poner en valor nuestro ecosistema creativo, garantizando una remuneración adecuada y proporcionada de los contenidos. 

Por Eric Jordi, Head of Business and Legal Affairs, Unison

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